Por primera vez, desde mi llegada a este querido país, donde el
Santo Padre Benedicto XVI me ha hecho el honor de confiarme la responsabilidad
de representarlo y de trabajar en su nombre como servidor de la comunión, deseo
una vez más saludar a cada uno de ustedes y agradecerles su calurosa acogida.
Recuerdo con emoción mi primera celebración en este Santuario, tan querido por
todos, y las palabras que el Señor Cardenal de México y el Presidente de la CEM, en nombre de todos ustedes, pronunciaron y que me hicieron sentir en mi propia casa.
Estos primeros meses me han permitido establecer una relación de
conocimiento y amistad recíproca y que espero, pueda ir creciendo y
profundizándose. Con agrado he respondido a sus varias invitaciones a visitar
algunas de sus diócesis y, en cada ocasión, he experimentado el calor de su
pueblo y los sentimientos profundos que lo animan hacia la persona del Santo
Padre, que siempre reconocen en la persona de su representante.
Esas primeras visitas me han permitido percibir la vitalidad de
sus Iglesias locales y el celo apostólico de sus pastores para anunciar el
Evangelio en un contexto siempre más complejo. En varias ciudades de la
frontera ustedes, me han hecho entender la situación, algunas veces dramática,
de la inmigración y he admirado el modo como buscan responder a los múltiples
desafíos de un pueblo que desea salir de la situación de pobreza.
Con admiración he visto la prontitud de la respuesta de todas las
diócesis al momento de las inundaciones que han afectado la Diócesis de Tabasco y también de Oaxaca, Chiapas y quiero, en esta ocasión, reiterar los
sentimientos expresados en las palabras del Santo Padre al Excelentísimo Sr.
Obispo Benjamín Castillo, el cual no ha faltado de mostrarse como el digno pastor
de su sufrida grey. Él y también los otros pastores de las Iglesias afectadas,
necesitarán ciertamente un continuo apoyo de toda la Iglesia mexicana que no dejará de expresar así el sentimiento de comunión y solidaridad que
la caracteriza. En tales circunstancias se puede apreciar la existencia de
estructuras eclesiales que permiten responder de modo eficaz a los desafíos de
una sociedad en la cual la Iglesia está llamada a ser signo visible del amor
ofrecido por Dios a los hombres.
Me parece que en esta fase de consolidación de las estructuras de la Conferencia Episcopal, es necesario interrogarse sobre la capacidad de nuestra Iglesia, a sus
varios niveles, diocesanos y nacionales de poder responder a lo que los hombres
más necesitan. En esta LXXXIV Asamblea Plenaria del Episcopado Mexicano, ustedes buscan acercarse al
encuentro de Aparecida en vista de impulsar la nueva Evangelización en México.
Me complace la frase "Acontecimiento de Aparecida" ya que tenemos que
considerar lo sucedido, como un evento del Espíritu que guía siempre la Iglesia de Cristo y ayuda a sus miembros a vivir su vocación y su misión.
Creo que el desafío más grande para esta Iglesia, es ser
verdaderamente Iglesia, es decir, signo vivo de la presencia de Dios en la
realidad humana, para anunciar el Evangelio al mundo de hoy con su cultura que
cambia, como lo analiza con precisión el documento conclusivo y también, como
el Santo Padre lo subrayó en su discurso inaugural. El Papa Benedicto XVI quiso justamente fijar su atención sobre
algunos campos prioritarios para llevar a cabo la renovación de la Iglesia, y lo dijo en el contexto de una relativización de valores y de un avance del
secularismo. Él identificó en particular la familia, los sacerdotes, los
religiosos, religiosas y consagrados, los laicos, con una particular mención a
los movimientos eclesiales y los jóvenes, indicándonos la importancia de una
pastoral vocacional.
Me parece que ahí nos encontramos con los grupos de
personas más sensibles a las transformaciones culturales que en México, como en
todo el mundo, experimentamos y tenemos el deber de considerar con atención y
lucidez. En un mundo caracterizado por una dificultad siempre más grande de
tener puntos de referencia y que valoriza la indeterminación y el subjetivismo,
es decir, que deja que las personas escojan el rumbo de su propia vida a partir
de una experiencia subjetiva y de una libertad que no acepta ser orientada, los
obispos en Aparecida han querido reproponer a todos de vivir como fundamento de
su vida la experiencia del encuentro con Aquel, que Dios envió para revelamos
el verdadero sentido de la vida.
Este sentido lo encontramos cuando, como lo dijo Benedicto XVI en
su primera Encíclica "Dios es Amor", el amor divino ilumina nuestro
afán humano, tan fundamental en toda existencia de amar. En esa experiencia,
que fue vivida por los discípulos y que cada uno de nosotros estamos llamados a
realizar, podemos encontrar un sentido a nuestra propia existencia. La Iglesia de América Latina propone a sus miembros el reto de vivir un
encuentro personal con Cristo, que debe traducirse en una existencia de discípulo:
obispos, sacerdotes, religiosos, laicos, todos según su propia llamada, no
pueden asumir concretamente su propia vocación sin que sea vivida como una
relación personal con el Hijo de Dios y sigue siendo, en todos los actos de su
vida un discípulo.
El documento de Aparecida nos ofrece elementos muy preciosos para
poder desarrollar concretamente, sea el encuentro con Cristo, sea el
discipulado. He notado con cual insistencia y lucidez los obispos quieren poner
al centro la Sagrada Escritura y me permito citar el N.249: "La lectura
orante, en la tradición eclesial y la ‘Iectio divina’ conduce al encuentro con
Jesús Maestro, al conocimiento del misterio de Jesús Mesías, a la comunión con
Jesús Hijo de Dios, y al testimonio de Jesús Señor del universo".
Los obispos insisten también en los sacramentos como modo
privilegiado para que los discípulos puedan celebrar y asumir el Misterio
Pascua. La Iglesia misma es sacramento de la presencia de Dios y tiene como
responsabilidad y misión de ofrecer la salvación y la comunión con Dios a
través de los sacramentos, en particular la Eucaristía y el Sacramento de la Reconciliación. |
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