"Jesús designó a otros 72 discípulos
y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos
y lugares a donde pensaba ir" Lc 10,1.
Hermanos sacerdotes de la Diócesis de Colima, fieles cristianos de la diócesis y demás
hermanos en el Señor.
1.- ¿Quiénes somos, Madre? Como en tantas otras ocasiones, una
vez más, venimos desde nuestra tierra a postramos ante la Reina
de México y Madre nuestra para hablar muchas cosas y estar en
su regazo. Somos una porción pequeña de la Iglesia de México,
somos Colima. Venimos como peregrinos, en nombre propio y en
el de muchos hermanos más que trabajan por ganar la vida, venimos
de lejos, movidos por el deseo de estar junto a la Madre tierna
y amorosa, la que busca al hijo y le llama por su nombre, la
que escoge a Juan Diego para ser su mensajero, la que hace sentir
confianza y nos lleva en su regazo, la que nos lleva en el hueco
de su manto (NM 118-119), la que nos hace sentir hijos, palpar
que estamos junto a la Madre y nos lleva a conocer que es la
Madre del Señor.
Como peregrinos, hombres y mujeres
de fe que venimos de nuestras tierras, nos sabemos hijos de
un mismo Padre que está en los cielos, experimentamos constantemente
las limitaciones, las alegrías y las angustias de la vida, en
ocasiones no sabemos qué hacer, pero nos consuela venir contigo
para comprender lo que tu Hijo quiere de nosotros. Quien está
de camino, sabe que siempre está expuesto a muchos peligros,
pero a la vez, puede acudir a la poderosa intercesión de quien
nos ayuda y nos conduce al verdadero camino, enseñado por Jesús.
Venimos, Madre de Guadalupe, de las
faldas de una montaña nevada que frecuentemente nos alegra con
paisajes repletos de hermosura y de las de otra, que de cuando
en cuando estremece toda nuestra tierra y la resquebraja poniendo
en peligro la vida de tus hijos y se enciende en vistosa pirotecnia
que sorprende y atemoriza a todos sus moradores. Por esto, muchos
de tus hijos cercanos a esta tierra, han jurado fiestas solemnes
a Jesús, a Ti, Madre, o a los santos, nuestros hermanos y amigos.
Hoy venimos a dejar en tu corazón y
en tus manos maternales nuestra acción de gracias, todas nuestras
cuitas, nuestras preocupaciones y nuestras súplicas para que
nos asistas siempre y te muestres Madre que acogen y protege.
Estamos también en la montaña y en la costa, disfrutando de
un mar embravecido y del alimento que surge de su entraña. Somos
Colima, Madre de Guadalupe, que te lleva en el alma y en el
corazón, que te luce y presume en las vestiduras de sus mujeres
cuando llega diciembre, te celebra con amor de hijo y se acerca
con confianza filial, como lo hiciera san Juan Diego; venimos
a tu montaña bendita, donde posaste tus plantas y nos hablaste
con palabras de ternura infinita; nos llamaste "Juanitos",
"Juan Dieguitos", "Hijitos" y nos hiciste
caer en la cuenta del amor que nos tienes al decirnos ¿no estás
por ventura en mi regazo?
Aquí nos tienes otra vez, óyenos, Madre,
traemos muchas cosas guardadas en el corazón y queremos contarte,
como cuando vamos a Talpa para venerar tu otra bendita imagen
o como cuando hacemos esto mismo ante tu imagen en nuestros
hogares. Casi tenemos la tentación de decirte: "Vamos haciendo
tres tiendas, una para Ti, otra para Juan Diego y una más para
nosotros, los que cada día venimos a verte". Queremos ser
tus hijos mensajeros, recibir tu bendición y tu consuelo, pero
a la vez queremos escuchar tu voz aquí, en el Tepeyac, donde
quisiste aparecer cuando elegiste a nuestro hermano Juan Diego
y le pediste que llevara tu mensaje.
II.- La Palabra que acabamos de escuchar.
Hemos oído la Palabra de tu Hijo y
deseamos reflexionar en ella porque no nos marcharemos de tu
lado sin sentir y conocer lo que Jesús quiere de nosotros y
esto lo sabemos por esa Palabra que también oíste, meditaste
y seguiste hasta llegar a ser la mejor discípula de tu Hijo.
En la primera lectura que escuchamos
nos encontramos con la queja que san Pablo dirige a Timoteo
su compañero de predicación: algunos lo han dejado y se han
ido a otra ciudad, otros se han opuesto tenazmente a la difusión
del evangelio y a la predicación, acusado ante el tribunal,
lo dejaron solo y otros más lo abandonaron. San Pablo sintió
la angustia y sufrimiento de quedarse en la soledad y experimentó
la dificultad de muchos que no se comprometían con el evangelio
de Jesús y esto lo hacía sufrir. Lo mismo podemos sentir nosotros
ahora. Muchos han abandonado a Jesús o han tomado distancia,
otros se han vuelto indiferentes, tal vez, nosotros hemos sido
los causantes o ni siquiera nos hemos interesado por los que
sufren y por sus motivos. ¡Cuántos se han marchado en estos
años diariamente a otros grupos religiosos por que no hemos
sabido atenderlos o porque ellos quieren una religión fácil,
dulzona, sin compromisos con Jesús y sin trabas ni limitaciones
de ninguna clase!
Quizá nosotros mismos no hemos tomado
en serio nuestro compromiso con Jesús y deseamos buscar lo más
fácil o aquello que no exija demasiado, o hacemos relativos
todos sus mandatos para hacemos una religión a nuestra medida,
en la que pueda pasar todo lo que nosotros deseamos. ¡Cómo tenemos
que revisar con seriedad nuestras actitudes de cristianos para
ser discípulos fieles y sinceros de Jesús! Queremos comprender
que para ser discípulos necesitamos encontramos con Jesucristo
y desde que recibimos el bautismo comenzamos a serlo pero debemos
renovarlo constantemente para no' caer en la esterilidad; sabemos
que necesitamos tener una constante conversión; que para ser
discípulos de Jesús necesitamos también una catequesis permanente,
frecuentar los sacramentos, de manera especial valorando y recibiendo
la santa comunión, solo así podremos estar preparados para ir
a la misión que tu quieres y nos das. (Ap 278 s.) Deseamos tomar
en serio todo lo que los Pastores de la Iglesia nos han pedido
en su última reunión revisando la vida pastoral de nuestra Iglesia.
El evangelio de san Lucas nos ha recordado
la misión de los 72 discípulos. Jesús los envía, recordándoles
que "la cosecha es mucha y los trabajadores pocos"
y les manda: "pónganse en camino". Esto lo han entendido
muchos a lo largo de los siglos y han caminado por los campos
y las ciudades llevando la Buena Nueva del evangelio y diciendo
que la cosecha es mucha y que hacen falta trabajadores, esto
lo experimentamos ahora al saber que como discípulos y seguidores
de Jesús deberemos ser intrépidos, valientes y decididos para
poder experimentar la vida que nos viene del Señor Jesús.
Tenemos que ponemos encamino, no sólo
para peregrinar a los santuarios, sino para ir por todos los
campos y las ciudades, para encontramos con los hijos de Dios
que deseen acercarse al Señor de la vida. El Papa Benedicto
y los obispos de América nos invitan a renovar nuestro deseo
de seguir a Jesús. |
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