InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     
Inicio >Homilías>Peregrinaciones
   
 

Homilía
pronunciada por Mons. José Luis Amezcua Melgoza, Obispo de la Diócesis de Colima, en la peregrinación de su diócesis a la Basílica de Guadalupe.

18 de octubre de 2007

"Jesús designó a otros 72 discípulos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir" Lc 10,1.

Hermanos sacerdotes de la Diócesis de Colima, fi
eles cristianos de la diócesis y demás hermanos en el Señor.

1.- ¿Quiénes somos, Madre? Como en tantas otras ocasiones, una vez más, venimos desde nuestra tierra a postramos ante la Reina de México y Madre nuestra para hablar muchas cosas y estar en su regazo. Somos una porción pequeña de la Iglesia de México, somos Colima. Venimos como peregrinos, en nombre propio y en el de muchos hermanos más que trabajan por ganar la vida, venimos de lejos, movidos por el deseo de estar junto a la Madre tierna y amorosa, la que busca al hijo y le llama por su nombre, la que escoge a Juan Diego para ser su mensajero, la que hace sentir confianza y nos lleva en su regazo, la que nos lleva en el hueco de su manto (NM 118-119), la que nos hace sentir hijos, palpar que estamos junto a la Madre y nos lleva a conocer que es la Madre del Señor.

Como peregrinos, hombres y mujeres de fe que venimos de nuestras tierras, nos sabemos hijos de un mismo Padre que está en los cielos, experimentamos constantemente las limitaciones, las alegrías y las angustias de la vida, en ocasiones no sabemos qué hacer, pero nos consuela venir contigo para comprender lo que tu Hijo quiere de nosotros. Quien está de camino, sabe que siempre está expuesto a muchos peligros, pero a la vez, puede acudir a la poderosa intercesión de quien nos ayuda y nos conduce al verdadero camino, enseñado por Jesús.

Venimos, Madre de Guadalupe, de las faldas de una montaña nevada que frecuentemente nos alegra con paisajes repletos de hermosura y de las de otra, que de cuando en cuando estremece toda nuestra tierra y la resquebraja poniendo en peligro la vida de tus hijos y se enciende en vistosa pirotecnia que sorprende y atemoriza a todos sus moradores. Por esto, muchos de tus hijos cercanos a esta tierra, han jurado fiestas solemnes a Jesús, a Ti, Madre, o a los santos, nuestros hermanos y amigos.

Hoy venimos a dejar en tu corazón y en tus manos maternales nuestra acción de gracias, todas nuestras cuitas, nuestras preocupaciones y nuestras súplicas para que nos asistas siempre y te muestres Madre que acogen y protege. Estamos también en la montaña y en la costa, disfrutando de un mar embravecido y del alimento que surge de su entraña. Somos Colima, Madre de Guadalupe, que te lleva en el alma y en el corazón, que te luce y presume en las vestiduras de sus mujeres cuando llega diciembre, te celebra con amor de hijo y se acerca con confianza filial, como lo hiciera san Juan Diego; venimos a tu montaña bendita, donde posaste tus plantas y nos hablaste con palabras de ternura infinita; nos llamaste "Juanitos", "Juan Dieguitos", "Hijitos" y nos hiciste caer en la cuenta del amor que nos tienes al decirnos ¿no estás por ventura en mi regazo?

Aquí nos tienes otra vez, óyenos, Madre, traemos muchas cosas guardadas en el corazón y queremos contarte, como cuando vamos a Talpa para venerar tu otra bendita imagen o como cuando hacemos esto mismo ante tu imagen en nuestros hogares. Casi tenemos la tentación de decirte: "Vamos haciendo tres tiendas, una para Ti, otra para Juan Diego y una más para nosotros, los que cada día venimos a verte". Queremos ser tus hijos mensajeros, recibir tu bendición y tu consuelo, pero a la vez queremos escuchar tu voz aquí, en el Tepeyac, donde quisiste aparecer cuando elegiste a nuestro hermano Juan Diego y le pediste que llevara tu mensaje.

II.- La Palabra que acabamos de escuchar.

Hemos oído la Palabra de tu Hijo y deseamos reflexionar en ella porque no nos marcharemos de tu lado sin sentir y conocer lo que Jesús quiere de nosotros y esto lo sabemos por esa Palabra que también oíste, meditaste y seguiste hasta llegar a ser la mejor discípula de tu Hijo.

En la primera lectura que escuchamos nos encontramos con la queja que san Pablo dirige a Timoteo su compañero de predicación: algunos lo han dejado y se han ido a otra ciudad, otros se han opuesto tenazmente a la difusión del evangelio y a la predicación, acusado ante el tribunal, lo dejaron solo y otros más lo abandonaron. San Pablo sintió la angustia y sufrimiento de quedarse en la soledad y experimentó la dificultad de muchos que no se comprometían con el evangelio de Jesús y esto lo hacía sufrir. Lo mismo podemos sentir nosotros ahora. Muchos han abandonado a Jesús o han tomado distancia, otros se han vuelto indiferentes, tal vez, nosotros hemos sido los causantes o ni siquiera nos hemos interesado por los que sufren y por sus motivos. ¡Cuántos se han marchado en estos años diariamente a otros grupos religiosos por que no hemos sabido atenderlos o porque ellos quieren una religión fácil, dulzona, sin compromisos con Jesús y sin trabas ni limitaciones de ninguna clase!

Quizá nosotros mismos no hemos tomado en serio nuestro compromiso con Jesús y deseamos buscar lo más fácil o aquello que no exija demasiado, o hacemos relativos todos sus mandatos para hacemos una religión a nuestra medida, en la que pueda pasar todo lo que nosotros deseamos. ¡Cómo tenemos que revisar con seriedad nuestras actitudes de cristianos para ser discípulos fieles y sinceros de Jesús! Queremos comprender que para ser discípulos necesitamos encontramos con Jesucristo y desde que recibimos el bautismo comenzamos a serlo pero debemos renovarlo constantemente para no' caer en la esterilidad; sabemos que necesitamos tener una constante conversión; que para ser discípulos de Jesús necesitamos también una catequesis permanente, frecuentar los sacramentos, de manera especial valorando y recibiendo la santa comunión, solo así podremos estar preparados para ir a la misión que tu quieres y nos das. (Ap 278 s.) Deseamos tomar en serio todo lo que los Pastores de la Iglesia nos han pedido en su última reunión revisando la vida pastoral de nuestra Iglesia.

El evangelio de san Lucas nos ha recordado la misión de los 72 discípulos. Jesús los envía, recordándoles que "la cosecha es mucha y los trabajadores pocos" y les manda: "pónganse en camino". Esto lo han entendido muchos a lo largo de los siglos y han caminado por los campos y las ciudades llevando la Buena Nueva del evangelio y diciendo que la cosecha es mucha y que hacen falta trabajadores, esto lo experimentamos ahora al saber que como discípulos y seguidores de Jesús deberemos ser intrépidos, valientes y decididos para poder experimentar la vida que nos viene del Señor Jesús.

Tenemos que ponemos encamino, no sólo para peregrinar a los santuarios, sino para ir por todos los campos y las ciudades, para encontramos con los hijos de Dios que deseen acercarse al Señor de la vida. El Papa Benedicto y los obispos de América nos invitan a renovar nuestro deseo de seguir a Jesús.

Tenemos que anunciar el evangelio con la vida y también con las palabras, tenemos que anunciar, como lo quiere Jesús "que la paz reine en esta casa, es decir en nuestro México y en el mundo, que la vida de todos es un tesoro grande que debemos defender y no acostumbramos a verdades a medias o a falsedades, que cada uno de los seres humanos es imagen de Dios vivo y que llevamos esta marca que nos hace hijos de Dios, que cada uno debe sentirse responsable para reconstruir la Iglesia de Dios. ¿Cuántos de nosotros podremos estar dispuestos a comprometerse para salvar de la ruina y de la destrucción a la sociedad y a la misma iglesia?

Jesús envía sus apóstoles para que vayan "como ovejas en medio de lobos", es decir, sin arma alguna para defenderse, estarán expuestos a la pobreza y a los ataques despiadados, a la inseguridad y al rechazo, como les pasó a los profetas que anunciaban las nuevas de Dios y a los primeros seguidores y a los de hoy. La tarea del discípulo y seguidor de Jesús consiste en anunciar que el reino de Dios está cerca y que esto es gozo inmenso para los necesitados y los sufridos, porque su único y gran tesoro es Dios y así comienzan a anunciar que alborea una nueva vida. El seguidor de Jesús, como muchos, no debe entretenerse en nada, porque comprende que urge anunciar el reino por todos los caminos y utilizando todos los medios.

Cada cristiano tiene el deber de hacer creíble la fe que profesa, mostrando autenticidad y coherencia en su conducta (Ap 210). Todos estamos llamados a participar en la acción pastoral de la Iglesia, primero con el testimonio de su vida y, en segundo lugar, con acciones concretas en el campo de la evangelización, la vida litúrgica y otras obras de apostolado (Ap 211). La evangelización no puede hacerse hoy sin la cooperación de los fieles laicos. Ustedes han de ser parte activa y creativa en la elaboración y ejecución de proyectos pastorales a favor de la comunidad" (Ap. 213).

Si la Iglesia está formada por hombres y mujeres concretos, que se reúnen para alabar a Dios y darle gracias, que buscan encontrar sentido a su vida, que se reúnen en sus parroquias para celebrar su fe y fortalecerla cada domingo y en otros momentos de su vida, roguémosle a nuestra Madre de Guadalupe al estar aquí que nos impulse a tomar compromisos serios y concretos en nuestra vida y a favor de la Iglesia que peregrina en la diócesis de Colima para ser signos creíbles de nuestra fe en Jesús. Que ella nos haga "discípulos perfectos del Señor" como lo fue ella misma (Ap 266) Y logremos así ser misioneros para continuar la obra de Jesús.

Amén.

 
 
Imprimir PaginaAgregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosPágina anterior
 
© 2001-2007 Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe.
Derechos Reservados