Me
alegra, especialmente el que los sacerdotes de la Diócesis
de Nuevo Laredo estemos celebrando y presidiendo esta Eucaristía,
pero en particular me alegra que el Arzobispo Francisco Pérez,
que es Arzobispo Castrense de las Fuerza Armadas en España,
haya querido venir y acompañarnos en esta bella celebración,
a él en particular le doy las gracias, y le doy la bienvenida
a esta celebración en que nos acompaña con otros
dos sacerdotes.
Muy queridos hermanos y hermanas,
todos en Jesucristo, hemos venido desde el Noreste del país,
desde la Diócesis de Nuevo Laredo y algunos otros lugares,
para presentar lo que desde julio paso a este hemos vivido en
familia, en nuestras poblaciones, en nuestras comunidades cristianas,
en nuestras parroquias, en nuestros decanatos, en nuestra diócesis.
¡De cuánto hay que darle gracias a Dios! y a través
de María se las damos hoy, pero quisiera mencionar algunas
actividades, además de tantas otras en las que hemos participado:
En la XIII Asamblea Diocesana
y la Semana de Programación. En el tercer año de
misión que estamos realizando y el inicio de la Obra Pontificia
de la Infancia y Adolescencia Misionera. El inicio del proyecto
de años de Pastoral Vocacional. La participación
en la preparación a la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano
y Caribeño.
Hemos, también, recibido
un nuevo sacerdote, un nuevo diácono, el Secretario de
Evangelización y de Catequesis ha incrementado su trabajo
de servicio a la catequesis y a los catequistas, con unas hermanas
religiosas que han llegado. Instauramos el Día del Catequista.
Tenemos el inicio, después de un discernimiento, de una
modalidad nueva para nuestro Seminario Mayor.
Hubo dos encuentros de jóvenes,
muchachas, de vida consagrada y muchachos, el preseminario, con
esto queremos darle algo al Señor de todo lo que pudimos
vivir durante este año, y con estas expresiones que fueron
diocesanas se las entregamos por manos de María.
Pero, también, queremos
presentar en esta ocasión nuestra realidad, que sigue siendo
presa de violencia, de injusticia que nos perturba a todos, familias
y sociedad entera. Esto es un dolor que le presentamos a Dios
a través de María, y a través de Ella le
pedimos a Dios que nos ayude a vivir; aún en estas peripecias
que tenemos y sufrimos, en paz y en alegría. Y pedimos
por todos aquellos que ejercen violencia a nuestras poblaciones,
y pedimos también para ellos y ellas la conversión,
que el amor de Dios llegue a sus corazones.
Venimos a esta casa con alegrías
y quizás con sufrimientos; pero venimos porque confiamos
en nuestra Madre. Ella nos quiere decir hoy lo que a Juan Diego
le dijo: “¿Qué te asusta y aflige?. Es nada,
no se turbe tu corazón ¿no estoy yo aquí
que soy tu Madre? ¿no estás por ventura en mi regazo?”
Así nos queremos sentir
hoy, bajo la mirada de María y su tierna figura y presencia
maternal. Así nos confortamos todos, así nos renovamos
todos, y así deseamos que se renueve toda nuestra diócesis,
para seguir cantando el gozo de ser de Dios, el gozo de ser hijos
e hijas de María.
En la primera lectura escuchamos
al profeta Isaías que nos presenta un momento de la historia
de Israel, una manifestación, una expresión del
amor de Dios se le va a dar a su pueblo: una mujer cuyo hijo será
el que venga a renovar ese pueblo. Una sola será su noticia,
una virgen concebirá, dará a luz un hijo y tendrá
el nombre de Emmanuel, Dios con nosotros.
Si bien históricamente se dio una respuesta, sabemos que
esta respuesta en plenitud se nos da en María y en el hijo
de María. Es Ella la mujer, Jesús Dios-con-nosotros
es el Emmanuel, el único salvador y en Él creemos,
en Él confiamos, en Él esperamos y queremos ser
sus discípulos y misioneros para aprender de Él
a vivir y trasmitir la vida de Él a nuestros pueblos, a
los lugares donde nosotros desarrollamos nuestra existencia. Discípulos
y misioneros de Jesucristo para nuestros pueblos en Él
tengan vida, por eso pedimos nosotros hoy también con san
Pablo elogiar, bendecir y alabar a nuestro Padre, porque Él
es quien en su Hijo, Cristo, nos ha hecho hijos e hijas suyos
y nos ha llamado a ser un pueblo que viva el amor como Jesús
lo vivió: Ámense, los unos a los otros como Yo lo
he amado.
Esto es lo que nos ha de mantener
siempre en la alegría de vivir y la tristeza, si bien puede
llegar en momentos, hay que erradicarla porque la presencia de
Jesús es la que nos da la alegría. Eso pasó
cuando María visitó a Isabel: el niño que
esperaba Isabel saltó de gozo en su seno. La misma Isabel
con alegría dice: ¿de dónde a mí que
venga la madre de mi Señor? Y María canta llena
de júbilo porque ha visto, ha recibido, ha conocido al
Salvador. Es la alegría de vivir en Cristo Jesús.
Por eso, en esta ocasión,
además de la alegría que tenemos por estar aquí,
le pedimos a Dios el don de la alegría, que si bien es
fruto del Espíritu Santo, es también apertura nuestra
para vivir en alegría todo momento de nuestra vida.
¡Qué bien decía san Pablo estad siempre alegres
en el Señor! Este año que viene va a traer novedades,
siempre en la condición de discípulos y misioneros
de Jesucristo para que nuestra sociedad en el tengan vida y va
a traer una novedad específica que es ayudar a nuestras
familias tengan vida y vida en abundancia, vivan en la alegría
y allí aprendan a ser discípulos y misioneros de
Jesús.
Desde Aparecida descubrimos, entre otros desafíos y retos,
las familias necesitan ser discípulas y misioneras de Jesús
y los miembros de las familias necesitan ser discípulos
y misioneros de Jesús, así como san José,
así como María que fueron también padre y
madre, también fueron discípulos y misioneros de
Jesús.
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