Mis amados hermanos y hermanas, demos
gracias a Dios, nuestro Padre bondadoso y rico en misericordia que
nos ha dado a conocer su identidad en la persona de su Hijo, y en
Él, nos ha mostrado también los designios de salvación para con
nosotros desde el momento en que nos hizo hijos suyos en su Hijo
único, Jesucristo.
Nos encontramos, mis hermanos, ya en
la tercera semana de Cuaresma, en nuestro camino hacia la Pascua.
Y en este domingo celebramos el Día de la Familia. Decimos
que Jesús nació en un pesebre, pero tendríamos que decir mejor que
nació de una familia. Las mejores cunas en las que nacen los niños
son los corazones de sus padres. En este caso, ninguna cuna mejor
que la de María y José. Es la Sagrada Familia, el mejor ícono, la
mejor imagen de la Familia Trinitaria. Decía, ya, mis amados hermanos,
todas nuestras familias tienen algo sagrado y algo trinitario.
Jesús nació en una familia. Fue el seno
de María Santísima el primer punto de aterrizaje, pero después la
cercanía amorosa de José, la familia de Nazaret. La estructura familiar
es una realidad bendecida por Dios desde el principio y redimida
por Cristo en la plenitud. Hay un nacimiento ilusionante, un desarrollo
constante, un crecimiento humano y espiritual. Así sucede en todas
las familias. Toda la vida familiar, mis amados hermanas, con sus
luces y sus sombras, con sus éxitos y fracasos, con sus alegrías
y dolores, con sus sorpresas y rutinas, ESTÁ BENDECIDA POR DIOS
Y SANTIFICADA POR NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO. Por eso de algún
modo podemos decir que todas las familias son sagradas.
Mis hermanos, y amigos, este Dios que
ha hablado a la humanidad especialmente desde la historia del pueblo
de Israel, en su misterio más íntimo es familia, se nos ha revelado
en la persona de su Hijo Jesucristo, Dios y Hombre verdadero. Y
sin embargo, muchos de nosotros todavía no hemos ni siquiera empezado
a conocerlo verdaderamente, pues, con frecuencia lo confundimos
con alguien que no corresponde a la imagen viva que podemos contemplar
en Jesús de Nazaret, el Hijo de María y de José, nuestro Hermano
y Señor. Esto se debe, mis amados hermanos y hermanas, a que no
conocemos tampoco a Jesús, no nos hemos encontrado con él, no hemos
tenido un encuentro vivo, existencial con Él. Porque Jesús es quien
mejor lo puede identificar y nadie como Él nos puede hablar de Dios,
pues, es su Padre. Jesucristo es la encarnación del amor del Padre.
Jesucristo es la encarnación de la misericordia del Padre.
Por eso a la luz de la primera lectura,
podemos preguntarnos hoy una vez más: ¿para mí, quien es Dios? La
respuesta que damos a esta pregunta es de vida o muerte. No se trata
de dar una respuesta definitoria y aprendida de memoria, no. Las
definiciones no hacen más que delimitar algo para tener una idea
clara y precisa de eso; pero esto no se le puede aplicar a Dios
que es infinito en su ser y en su misterio; en realidad sería de
muy poco. El verdadero conocimiento de Dios sólo se da en la experiencia
de un trato directo, amoroso, perseverante y humilde con Él en los
diferentes momentos de la vida personal y comunitaria. Y este será
siempre, mis amados hermanos, aproximado, nunca exhaustivo.
Hoy tenemos esa oportunidad de hacer
este ejercicio, si empezamos por dejarnos iluminar por lo que nos
dice la narración del libro del Éxodo, que hoy acabamos de proclamar
y escuchar. En este caso es Moisés el escogido por Dios para empezar
un proceso de conocimiento del Dios de Abraham, del Dios Isaac,
del Dios Jacob, es decir el Dios que ha elegido al pueblo de los
patriarcas y que ahora se hace presente porque ha visto la opresión
de su pueblo y ha escuchado sus quejas contra sus opresores, pero
además, conoce sus sufrimientos. Por eso ha descendido del cielo
para liberarlo de la opresión y para sacarlo de esas tierras y conducirlos
a una tierra de libertad, a una tierra de paz.
Esta imagen de Dios, mis amados hermanos
y hermanas, no tiene nada que ver con la que muchas veces nos hemos
hecho de un Dios que es castigador, que se comporta como el ser
humano, como policía, como un vigilante amenazador. Tampoco es un
Dios terrible y tremendo que es ajeno a todo lo humano: solitario
y alejado del hombre y a veces –como era en las religiones de los
pueblos vecinos – envidioso del hombre, rencoroso y vengativo. El
texto de esta primera lectura ya nos adelanta mucho de lo que nos
mostrará Jesús algunos siglos después.
Jesús nos dirá, como lo hace en el Evangelio
de hoy, que Dios es un Padre siempre presente en nuestras vidas,
que cuida, que es compasivo, que es bondadoso y misericordioso,
que es paciente, como nos lo harán saber el mismo Moisés en los
primeros cinco libros de la Biblia y posteriormente los profetas.
Éstos trataron de hacer entender al pueblo escogido que Dios es
ante todo paciente y lento a la cólera y rico en piedad y fiel por
el amor que nos tiene, pero que en momentos nos tiene que advertir
y exigir acerca de nuestra respuesta a su bondad porque de eso depende
nuestra salvación.
En estos últimos días, mis hermanos,
hemos tenido la triste experiencia de los terremotos en Haití y
en Chile y la terrible noticia de los jóvenes asesinados en Ciudad
Juárez y de familias masacradas en otros puntos del país. Y como
a los que se acercaron a Jesús para darle la noticia acerca de la
matanza perpetrada por Pilato, el mismo que después mandaría matarlo
a Él, también a nosotros nos advierte de no sacar conclusiones precipitadas
y erróneas: no se trata de un castigo. En primer lugar, mis hermanos,
pero tampoco tenemos el derecho de concluir que, puesto que a nosotros
no nos ha pasado nada, pues, somos buenos o no tan malos como ellos.
Tampoco es razonable cuestionar la bondad de Dios, Padre providente
y, mucho menos es sensato cuestionar su existencia.
Desde los primeros momentos de la tragedia
de Haití, teníamos, según esto que venimos diciendo, que haber entendido
el evento como una llamada de Dios a la conversión. Después del
terremoto de Chile, de los jóvenes asesinados en Ciudad Juárez y
de la masacre de aquella familia y al ver los resultados podemos
entender que Dios está llamando a la conversión; está llamando a
la conciencia de todos los pueblos.
Mis amados hermanos y hermanas, LOS
ACONTECIMIENTOS DE LA VIDA NOS HACEN ESCUCHAR LA VOZ DE DIOS QUE
NOS LLAMA A LA CONVERSIÓN A VOLVERNOS HACIA ÉL. Por ejemplo,
el mundo puede, si quiere, escuchar una llamada sobre la conciencia
social. No es posible que algunos países se den lujos escandalosamente
notables en sus construcciones soberbias frente a las endebles del
país más pobre de América Latina y de los más pobres del mundo.
Mis hermanos, es cuestión de justicia social en la que debemos asumir
responsabilidades, aunque unos más que otros.
Entonces, mis queridos hermanos y hermanas,
México, Haití y Chile son una pregunta muy fuerte a nuestra conciencia,
no a Dios sobre su proceder, su indiferencia o su existencia, como
algunos piensan. “Al Dios crucificado no lo encontramos pidiéndole
cuentas a una divinidad lejana, sino identificándonos con las víctimas.
No lo identificaremos, mis amados hermanos, protestando de su indiferencia
o negando su existencia, sino colaborando de mil formas por mitigar
el dolor en Haití, en Chile, en México y en el mundo entero. Entonces,
tal vez, intuiremos entre luces y sobras, que DIOS ESTÁ EN LAS
VÍCTIMAS, DEFENDIENDO SU DIGNIDAD ETERNA, QUE DIOS ESTÁ EN LOS QUE
LUCHAN CONTRA EL MAL, ALENTANDO SU COMBATE”. (J. A. Pagola).
Tal vez, entonteces, debamos hacer un gran esfuerzo por buscar y
pedir la conversión del corazón hacia los hermanos más desfavorecidos
o caídos en desgracia, sin sentirnos, por eso, superiores a ellos,
son nuestros hermanos.
Es bueno, pues, mis queridos hermanos
y hermanas, responder a este llamado divino con nuestra solidaridad
con esos países o con nuestros compatriotas de Ciudad Juárez, Michoacán
y del Estado de México; pero esto nos debe llevar a buscar la conversión
permanente del corazón a Dios mediante una obediencia más profunda
y al prójimo mediante la misericordia y el amor fraterno.
Que nos quede bien clarito, mis amados
hermanos y hermanas, DIOS JAMÁS SE CALLA, DIOS JAMÁS ES INDIFERENTE
A LO QUE VIVIMOS. No cesa jamás de hablarnos, por tanto, si
hoy escuchamos su voz a través de la Iglesia o de los acontecimientos,
ojalá no endurezcamos el corazón y nos hagamos sordos; o si pasa
por nuestro camino, no nos hagamos los ciegos o los indiferentes.
La Eucaristía nos sirve de apoyo en este empeño, pues, es el “lugar”
por excelencia de escuchar su Palabra y de encuentro con el Dios
que camina siempre a nuestro lado y sobre todo a este Dios lo encontramos
caminando con nosotros a través de este rostro dulce y amable de
Santa María de Guadalupe. Nuestra Preciosa Niña y Celestial Señora
intercede por nosotros y nos acompaña también.
Amén.